Historia de un crucifijo

En abril de 2004, y cuando el Pleno del Ayuntamiento de Cáceres transitaba hacia su final, tras una sesión particularmente aburrida y tediosamente burocrática, en el punto de ruegos y preguntas, levanté mi mano y tras darme permiso el Alcalde para hablar (cosas del protocolo) hice mi ruego:

“Señor Alcalde: estamos en un país aconfesional y las instituciones públicas deben velar por ello. Le ruego a usted que retire el crucifijo que preside el Salón de Plenos, por ser éste un símbolo de una religión que yo no profeso, y como yo muchos cacereños, y que no me representa”.

¡Dios! – valga la contradicción – la que se montó. Don José María Saponi, rojo de ira, me miró y me dijo que nunca retiraría el crucifijo, que presentara la moción para tener el gusto de votar en contra. Mis compañeros en la oposición, los concejales del PSOE, me miraron como a un bicho raro. “Con qué cosas nos sales”, me dijo uno de ellos.

Debo reconocer que no esperaba el impacto de mi ruego en los medios de comunicación. Para todos ellos mi petición de retirada del crucifijo fue la noticia del día y de hecho una periodista me comentó al finalizar el pleno que gracias a ello tenían “material” para una semana. Incluso aparecí en un informe elaborado por las iglesias evangelistas con el sugestivo título de “Agresiones del Gobierno a las Iglesias durante 2004” (en edición bilingüe inglés – español).

Deben saber ustedes que en Salón de Plenos del Ayuntamiento, y para quien lo ignore esa sala es el santo sactorum de la institución, la habitación más simbólica y trascendental, justo detrás del Alcalde, y presidiendo por tanto ese rectángulo neoclásico que es el Salón, se encuentra un crucifijo con Jesucristo clavado de considerable tamaño. La Constitución, la Bandera de España y la de Extremadura,  el retrato del Rey (a lo que obliga la Constitución) y un símbolo católico nos representan a todos.

Aunque soy republicano, puedo pasar por el retrato del Rey mientras esa sea nuestra forma de jefatura de estado y por supuesto es obligado la presencia de un texto legal que es nuestra Carta Magna votada y aprobada en sufragio universal. Esa misma Carta Magna que dice que el Estado no profesa ninguna confesión. Pero ¿y el crucifijo?, ¿Y por qué no un ejemplar del Corán, y un Buda, y un candelabro de siete puntas, y una edición de “Teoria de la Selección Natural” de Darwin como símbolo de los que profesamos el ateismo…? Debo reconocer que me resulta incomprensible que alguien no entienda que en una institución pública la mejor forma de que todos estemos representados es que no albergue ningún símbolo religioso.

Aquel ruego levantó pasiones, y aún hoy tenemos que seguir trabajando para que de una vez por todas, y como primer paso, en el Ayuntamiento de Cáceres se retire ese símbolo para lograr que sea finalmente la Casa de todos los cacereños, los que van a misa y los que no.

Víctor Casco

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