Desvaríos de mi “Cristofobia”

Julio Ortega Fraile

Hace muchos, muchos años ya que dejé de ser creyente. Supongo que las circunstancias peculiares de época en la que vivía y el hecho de acudir a un Colegio religioso hicieron que un adoctrinamiento diario y machacón hicieron en aquel entonces mella en mi mente infantil, maleable y vulnerable como la de cualquier niño y que a fuerza de repetidas, acabase admitiendo como incontestable lo que hoy considero mentiras que pienso que en muchas ocasiones, no se creen ni aquellos que las propagan. Es como el empresario que vende baba de caracol y nos habla con charlatana vehemencia de sus virtudes contra el envejecimiento, aunque él sepa que en modo alguno son reales, está cuidando su negocio y tiene que aparentar que esta convencido de sus prodigiosas propiedades por más que sea un fraude. Lo mismo hacen los jerifaltes de la Iglesia y si el primero nos vende una crema los segundos nos ofrecen la salvación; si uno nos habla de los peligros del envejecimiento los otros nos vaticinan el fuego eterno pero coinciden en que los dos tienen a la venta el producto milagroso que combatirá ambas amenazas: arrugarse y condenarse. Los mismos curas que en su día consiguieron que acatase como dogma de fe sus falacias fueron los que en mi adolescencia, una vez que tuve cierta madurez y capacidad de juicio, lograron que no viese un solo motivo ni desde la razón ni desde la ética para seguir dando por válidas posturas que no soportan el mínimo análisis y se sustentan en una alienación continuada, milenaria, sustentada en la ignorancia, el miedo, la desesperación y que se ha hecho costumbre a fuerza de familiar y sobre todo, a base de constituir una imposición durante tanto tiempo. Y no hablo de aquellos que sienten y viven la fe como el resultado de su libre albedrío, algo que merece mi mayor respeto, sino de los que pretenden imponerla y que sus manifestaciones estén presentes en todos los ámbitos, incluso allí donde son rechazadas en un ejercicio igualmente de libertad.

Y ahora resulta que descubro, gracias al Arzobispo de Toledo, que lo que padezco es una patología de pánico ante Cristo. Su figura me provoca un miedo intenso y desproporcionado como a otros se lo causa la visión de una araña o el encontrarse en un espacio cerrado; la diferencia es que estos últimos temen a algo real y mi rechazo es hacia una entelequia, dirigido a una fábula, un montaje, una irrealidad, una leyenda que incomprensiblemente, ha logrado asentarse en nuestra cultura con tal consistencia que cualquiera diría que nos cruzamos todas las mañanas con Dios camino del trabajo. Sí, ya lo sé, algunos afirman haberlo visto, como a otros se les ha aparecido la Virgen María, los venusianos o el Cid Campeador pero al menos yo, jamás lo he contemplado y ni tan siquiera he sentido su presencia, ni en el templo, ni en mi dormitorio, ni en la cola del INEM.

Sin embargo, el Sr. Cañizares, hombre docto donde los haya, un dechado de sabiduría de origen más divina que humana para que así resulte incuestionable, que tan pronto es el más ilustrado de los historiadores como ejerce de antropólogo, de pedagogo o de psiquiatra, ha establecido un diagnóstico para mi enfermedad: “Cristofobia”, aversión que, según sus declaraciones, realmente oculta un odio a mí mismo. Pues eso, que como no creo en Jesucristo, ni en Dios Padre, ni en el Espíritu Santo, ni tampoco en los milagros de la Monja Maravillas, pues estoy demostrando que no me soporto y que me tengo un asquito considerable. ¿Quién lo iba a decir?; varios lustros sin acudir a misa y resulta que es porque es que no me puedo ver delante. Un argumento el de este erudito Arzobispo que no admite réplica porque lo ha utilizado él y con eso basta, que lo mismo ocurre con la mayor parte de la doctrina católica –como en otras religiones por supuesto- basta que algo sea considerado como una propuesta de fe o de moral, “revelada” por Dios, transmitida por la tradición apostólica y propuesta formalmente por la Iglesia a los fieles, para que no se admita ninguna duda sobre la misma: Es más, la aceptación de los dogmas de fe es una condición indispensable para la pertenencia a la Iglesia Cristiana y para la salvación del alma, amparándose en el principio de “Extra ecclesiam nulla Salus” (“No hay salvación fuera de la Iglesia”).

Y ahora yo me pregunto, si en mi caso no acato ese principio, si no estoy de acuerdo ni con la existencia de Dios, ni con el Creacionismo, ni con la infalibilidad del Papa o con la transubstanciación de la hostia, está claro que me quedo apartado de la Iglesia. Bien, pues a partir de esa libre elección por mi parte, ¿por qué tengo que aceptar a la fuerza sus símbolos o su iconografía?. O estoy dentro o estoy fuera, pero al igual que si no pertenezco a la Legión nadie me puede obligar a raparme o a comer carne si soy vegano, es inconcebible que tenga que admitir su parafernalia por ejemplo en el Colegio al que mando a mis hijos cuando por decisión propia, he decidido matricularlos en un Centro de Formación público y laico, amparándome en el Artículo 16 de la Constitución según el cual ninguna confesión en España tendrá carácter estatal ni podrá por lo tanto imponerse en las escuelas. Para mí un crucifijo no es más que una representación artística que tienen el mismo valor que un botijo de Aznalcóllar o unas Matrioskas rusas. Como le dijo el labriego mirando al Cristo que sobre una cruz de madera presidía el templo: “¡Y yo que te conocí madero!”. Pues eso, que de pino o de oro repujado, para el Sr. Cañizares podrá ser objeto de culto o instrumento de domesticación, pero como para mí no es nada, que no venga al Colegio secular de mis hijos a poner cruces al igual que yo no voy a su Catedral a quitárselas.

Y en medio de esta polémica, creada porque la Iglesia lleva siglos acostumbrada a intervenir en asuntos de Estado y cualquier retirada de prebendas en este sentido, que se traduce en pérdida de poder, no pueden admitirla e irrita a estos políticos designados por Dios para domeñar a los hombres, sale como siempre a relucir a opinión de unos cuantos “meapilas” del Partido Popular, como su Secretaria General María Dolores de Cospedal o el Presidente de la Junta de Castilla y León Juan Vicente Herrera. La primera dice que “a la mayoría de los españoles no les molesta que haya un crucifijo en las aulas”. Sra. De Cospedal, a mí sí me molesta y no porque dos largueros cruzados con un señor clavado a los mismos me resulte una imagen ofensiva en si, sino porque no me gusta lo que representa; no es sólo que no crea en ello, el problema es que ese símbolo ha sido utilizado a lo largo de los siglos por la Iglesia oficial para someter, robar, torturar y asesinar y hoy en día, sigue estando en manos de unos jerarcas eclesiásticos a los que a mi modo de ver, les falta de misericordia, bondad, humildad y afán por la justicia e igualdad, lo que les sobra de maldad, ambición y totalitarismo. Y la CONCAPA (Confederación Católica de Padres de Alumnos), podrá decir que la decisión judicial de retirar los crucifijos de un Colegio de Valladolid afecta a los padres del Centro que han inscrito a sus hijos en la enseñanza de la Religión Católica, pero verán Vds., lo han hecho en un Centro laico –si fuese uno privado nadie tendría derecho a reprochar que en la pared hubiese cruces o la imagen de Santa María de las Virtudes- así que las creencias particulares de un grupo de alumnos no se pueden imponer sobre el derecho del resto a no tener que contemplar hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes, un símbolo que puede herirles; al igual que puede haber en esas aulas hijos de ultraderechistas y no por eso van a colgar el retrato de Paquito ni yo puedo clavar con chinchetas un cartel que ponga que la tauromaquia es un crimen legal –por cierto alentado y protegido por la Iglesia- por más que así lo crea y que mis hijos acudan a concentraciones contra el maltrato a los animales.

Sr. Cañizares, Sra. De Cospedal, pueden Ustedes mortificarse utilizando cilicios, rezar todos los avemarías, glorias, salves y jaculatorias del Rosario siete veces por jornada; pueden seguir utilizando la religión como cómoda fuente de ingresos el uno y como pilar fundamental para su forma de hacer política la otra pero por favor, a los que no creemos en el “Cordero de Dios” no pretendan convertirnos en “Borregos serviles de algunos hombres”.

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